diumenge, d’agost 31, 2014

divendres, d’agost 15, 2014

La verdad de los panistas...

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Los panistas, más allá del bailongo Por: Diego Petersen Farah - agosto 15 de 2014 - 0:02 En tres patadas, LOS ESPECIALISTAS - 12 comentarios

Los panistas, más allá del bailongo Por: Diego Petersen Farah - agosto 15 de 2014 - 0:02 En tres patadas, LOS ESPECIALISTAS - 12 comentarios   No deja de sorprenderme la hipocresía y la mochería del PAN… y de los medios. Hubo un linchamiento moral a los panistas que bailaban alegremente con las chicas vallartenses, sin que se hubiera probado jamás que la casa y las chicas hayan sido pagadas con dinero público, que es lo que sí constituye un delito. Si tienen novia, amante o hacen fiestas, es un asunto estrictamente privado en el que los medios no nos deberíamos de meter. El tema importante no es lo que hicieron en Puerto Vallarta sino en la reforma energética. Si la reunión en la playa tenía como objetivo preparar sus posturas ante las reformas de Peña, me queda claro que sí pusieron en práctica los acuerdos: también en la Cámara se dedicaron a cachondear. La pregunta de fondo es qué le pasó al PAN que, en apenas doce años en la presidencia, pudrió a una generación completa de políticos que sucumbieron ante el poder y la corrupción. El ideólogo panista Carlos Castillo Peraza dijo, a propósito de los primeros jóvenes que llegaban a poder bajo las siglas de su partido, que el problema de esa generación era que se subían a un ladrillo y les daba mal de altura. Los panistas no son, hay que dejarlo bien claro, ni más ni menos corruptos que los priistas o los perredistas pero son, en general, más descuidados con las formas. ¿Cómo se explica esta especie de ethos panista que se repite en todo el país? Me parece que hay dos factores que, a manera de hipótesis, valdría la pena explorar. La primera es que los priistas, y por lo mismo muchos de los perredistas, crecieron políticamente en las filas del partidazo y sus famosas reglas no escritas que, para fines prácticos, eran máximas que transmitían oralmente el conocimiento de la política. Todo político tenía un mentor que a su vez había tenido una mentor que les transmitía todas la mañas, las consejas, el manejo de los tiempos e incluso las formas de corrección política: todos son manerosos, sonrientes y sobreactuados. Eran (son) profundamente corruptos, pero aún en eso existen reglas no escritas que limitan qué le toca a cada quién. Cuando los panistas llegaron al poder no solo no tenían referentes de poder, tampoco había quién marcara los límites a estos jóvenes. El segundo factor, me parece, tiene que ver con la formación. La mayoría de los cuadros panistas son egresados de universidades privadas en las que los valores de referencia son estrictamente económicos. Fueron educados para hacer negocios, y llegan al gobierno a hacer negocios; fueron aleccionados  como “élites”, y se sienten  superiores a la mayoría de los mexicanos. El tipos de escándalos en los que se ven involucrados los cuadros panistas tiene que ver fundamentalmente con negocios realizados desde el poder y con prepotencia (un perfil, por cierto, que comparten con los del Partido Verde). El problema del video de los panistas no es, pues, lo que muestra, sino lo que significa.

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dimecres, d’agost 13, 2014

La vida es sueño

http://blogenelteatro.blogspot.mx/

La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca

Presentada por el Conaculta, INBA, Festival de México en el Centro Histórico, Sistema de Teatros de la Ciudad de México, Festival Internacional de Puebla “Héctor Azar” y Teatro de Ciertos Habitantes.

Dirección: Claudio Valdés Kuri

¿Qué es la vida? Un frenesí
¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción y el mayor bien es pequeño
¡Que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son!

El hombre vive en una cueva cautivo de sueños y tinieblas, no obstante, sale de la oscuridad hacia la luz.  Él cae por el pecado original, y merced al entendimiento, aunado al libre albedrío, alcanza la libertad. La vida es sueño, auto sacramental de Pedro Calderón de la Barca (Madrid, 1600 – 1681), es un drama filosófico de origen platónico que plantea preguntas ¿Qué la vida es sueño? ¿Qué hay libertad en la vida? ¿Qué compromiso hay con la vida?

Claudio Valdés Kuri ha optado por desnudar la historia de su forma primigenia, es decir, el devenir del príncipe Segismundo de Polonia, para centrarse en el camino del hombre en su camino a la libertad. La propuesta del director mexicano se desembaraza de la nómina específica de personajes que consigna el texto calderoniano. Cobran relevancia los elementos: fuego, aire, tierra y agua, cuales figuras arquetípicas, que acompañan en su sendero al hombre primordial, de la misma manera, se rodea de otras figuras arquetípicas del saber hermético: el poder, la sabiduría, el amor, la sombra, la luz, el entendimiento y el albedrío.

La vida es sueño representa un gran logro y una profunda audacia, considerada la obra maestra de Calderón de la Barca, y surge la duda si aquellas obras magistrales, tan encomiadas en su tiempo pueden apelar, significar algo para el público actual. Por ello, sirvan las palabras del escritor y crítico literario italiano Giuseppe Pontiggia, que da luz sobre tal cuestionamiento. "A menudo me preguntan si los clásicos son actuales. El problema es si nosotros somos actuales con respecto a los clásicos. Muchas veces nosotros mismos percibimos un carácter frágil, insuficiente y aleatorio en nuestra actualidad. Damos espacio e importancia a ciertos problemas para luego descubrir su futilidad; seguimos modas y tendencias, supersticiones y creencias, experimentando luego su inconsistencia. Los clásicos hablan en cambio sobre las cosas más importantes, y las relatan mediante la belleza. Para mí, los clásicos siempre han sido un ejemplo con el cual confrontarme."[1]

Claudio Valdés Kuri es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del FONCA, entre sus obras se cuentan Becket o el honor de DiosDe monstruos y prodigios: la historia de los CastratiEl automóvil gris¿Dónde estaré esta noche? y El Gallo. Kuri es director de la compañía Teatro de Ciertos Habitantes, que según su página oficial de Facebook, “se ha convertido en punto de referencia de la vanguardia teatral latinoamericana. Sus creaciones han sido coproducidas, presentadas y recibidas con enorme éxito en los más importantes festivales de los cinco continentes.” Asimismo, “sus proyectos son creados a través de largos procesos de gestación, a partir de riesgos y cuestionamientos específicos. Cada montaje explora nuevos lenguajes, como resultado de la búsqueda constante de renovación en contenido y forma. El trabajo escénico recae en el artista multidisciplinario, actor-músico-bailarín, en el uso de sus facultades a toda su capacidad. Paralelamente a sus puestas en escena, la compañía realiza proyectos educativos, sociales y ambientales, así como producciones televisivas, radiofónicas y grabaciones discográficas.”[2]

La adaptación crea personajes genéricos y sin género, se observa a 14 actores en escena, en este sentido, la puesta coincide con el siglo XVII en tanto que en aquella centuria todos los personajes eran representados por varones. La puesta hace servir la continua evolución del teatro como canal de gestualidad, el énfasis en el cuerpo del actor, y las estructuras somáticas. Si bien el feliz casting logró seleccionar un más que competente cuerpo de intérpretes, la propuesta de Valdés Kuri enfatiza la belleza del texto barroco y las estrategias interpretativas, en pos de transmitir las alegorías místicas y alquímicas de la obra, evitando con ello el análisis psicológico de los personajes. El símbolo es el vehículo con el que los intérpretes se relacionan y penetran en la atención del público.

El tema del barroco, y acaso los barroquismos son de buen interés para el director, que en entrevista con El Universal da la clave del singular uso que da a la música regional mexicana a su montaje: “El barroco está muy presente en México, no hubo interrupción del barroco a la fecha. En Veracruz, en los sones huastecos, el verso es vivo (…). Instrumentos, géneros y una forma de cantar se quedaron en los lugares remotos, en las sierras, evolucionaron, y hoy son la dotación instrumental de nuestros grupos tradicionales. Son esta tradición barroca que no tuvo interrupción, siguió hasta nuestros días.”[3]

El siglo XVII y el XXI coinciden en el gusto por la pompa y circunstancia. El texto del siglo XVII está adaptado a la cultura visual de la ciudad de México en el XXI, en donde los sentidos demandan estímulos frenéticos e imparables. Nuestra atención, para seguir siendo tal, necesita movimientos constantes, a un ritmo vertiginoso y variado, también demanda pluralidad de cuerpos, vestidos y desnudos, canto y música, saltos y artilugios, desenfreno, energía dionisíaca, sonorizaciones, danza, novedades y artificios.

Es una labor complicada dar “relevancia”, aggiornar un texto alquímico del Siglo de Oro en 2014, y qué faena es que no parezca ni doctrina ni propaganda trasnochada al servicio de quién sabe quién.
El montaje se distingue por tratarse de un producto interdisciplinario. Los recursos utilizados son: danzas coreográficas, rítmica geométrica, entrenamiento en instrumentos musicales, entrenamiento en danzas de giro. El director recurre a la hiperactividad para mantener la tensión, y sobre todo, la concentración en lo que está sucediendo en el escenario.

En tanto al texto, éste es irremediablemente oscuro si no se cuentan con las prendas necesarias para su disección. Se recomienda por ello un acercamiento previo al texto calderoniano.

También se apetece como altamente sugestivo el programa de conferencias que acompañará a la puesta a partir del 15 de agosto.

Ferdinando Castelli da luz sobre la riqueza y fascinación de La vida es sueño, que bien pueden aplicarse a la adaptación mexicana: “La vida es sueño está construida con los módulos del barroco. Revela preciosismos estilísticos y momentos de exuberancia inventiva. Lo barroco del drama se caracteriza, sin embargo, por la tensión y la intensidad de las escenas, por el movimiento y la fuerza de la acción dramática, por la búsqueda del contraste y lo insólito, por el elemento simbólico y alegórico.”[4]

La vida es sueño se presenta en el Teatro "El Galeón" del Centro Cultural del Bosque, del 12 de junio al 31 de agosto de 2014.

Marco Antonio Silva Barón

Neural Nostalgia

http://www.slate.com/articles/health_and_science/science/2014/08/musical_nostalgia_the_psychology_and_neuroscience_for_song_preference_and.html




Why do we love the music we heard as teenagers?



Illustration by Mark Alan Stamaty.
Illustration by Mark Alan Stamaty

As I plod through my 20s, I’ve noticed a strange phenomenon: The music I loved as a teenager means more to me than ever—but with each passing year, the new songs on the radio sound like noisy nonsense. On an objective level, I know this makes no sense. I cannot seriously assert that Ludacris’ “Rollout” is artistically superior to Katy Perry’s “Roar,” yet I treasure every second of the former and reject the latter as yelping pablum. If I listen to the Top 10 hits of 2013, I get a headache. If I listen to the Top 10 hits of 2003, I get happy.


Mark Joseph SternMARK JOSEPH STERN
Mark Joseph Stern is a writer forSlate. He covers science, the law, and LGBTQ issues.

Why do the songs I heard when I was teenager sound sweeter than anything I listen to as an adult? I’m happy to report that my own failures of discernment as a music critic may not be entirely to blame. In recent years, psychologists and neuroscientists have confirmed that these songs hold disproportionate power over our emotions. And researchers have uncovered evidence that suggests our brains bind us to the music we heard as teenagers more tightly than anything we’ll hear as adults—a connection that doesn’t weaken as we age. Musical nostalgia, in other words, isn’t just a cultural phenomenon: It’s a neuronic command. And no matter how sophisticated our tastes might otherwise grow to be, our brains may stay jammed on those songs we obsessed over during the high drama of adolescence.
To understand why we grow attached to certain songs, it helps to start with the brain’s relationship with music in general. When we first hear a song, it stimulates our auditory cortex and we convert the rhythms, melodies, and harmonies into a coherent whole. From there, our reaction to music depends on how we interact with it. Sing along to a song in your head, and you’ll activate your premotor cortex, which helps plan and coordinate movements. Dance along, and your neurons will synchronize with the beat of the music. Pay close attention to the lyrics and instrumentation, and you’ll activate your parietal cortex, which helps you shift and maintain attention to different stimuli. Listen to a song that triggers personal memories, and your prefrontal cortex, which maintains information relevant to your personal life and relationships, will spring into action.
But memories are meaningless without emotion—and aside from love and drugs, nothing spurs an emotional reaction like music. Brain imaging studies show that our favorite songs stimulate the brain’s pleasure circuit, which releases an influx of dopamine, serotonin, oxytocin, and other neurochemicals that make us feel good. The more we like a song, the more we get treated to neurochemical bliss, flooding our brains with some of the same neurotransmitters that cocaine chases after.
Music lights these sparks of neural activity in everybody. But in young people, the spark turns into a fireworks show. Between the ages of 12 and 22, our brains undergo rapid neurological development—and the music we love during that decade seems to get wired into our lobes for good. When we make neural connections to a song, we also create a strong memory trace that becomes laden with heightened emotion, thanks partly to a surfeit of pubertal growth hormones. These hormones tell our brains that everything is incredibly important—especially the songs that form the soundtrack to our teenage dreams (and embarrassments).
On its own, these neurological pyrotechnics would be enough to imprint certain songs into our brain. But there are other elements at work that lock the last song played at your eighth-grade dance into your memory pretty much forever. Daniel Levitin, the author of This Is Your Brain on Music: The Science of a Human Obsession, notes that the music of our teenage years is fundamentally intertwined with our social lives.
“We are discovering music on our own for the first time when we’re young,” he told me, “often through our friends. We listen to the music they listen to as a badge, as a way of belonging to a certain social group. That melds the music to our sense of identity.”



Petr Janata, a psychologist at University of California–Davis, agrees with the sociality theory, explaining that our favorite music “gets consolidated into the especially emotional memories from our formative years.” He adds that there may be another factor in play: the reminiscence bump, a name for the phenomenon that we remember so much of our younger adult lives more vividly than other years, and these memories last well into our senescence. According to the reminiscence bump theory, we all have a culturally conditioned “life script” that serves, in our memory, as the narrative of our lives. When we look back on our pasts, the memories that dominate this narrative havetwo things in common: They’re happy, and they cluster around our teens and early 20s.
Why are our memories from these years so vibrant and enduring? Researchers at the University of Leeds proposed one enticing explanation in 2008: The years highlighted by the reminiscence bump coincide with “the emergence of a stable and enduring self.” The period between 12 and 22, in other words, is the time when you become you. It makes sense, then, that the memories that contribute to this process become uncommonly important throughout the rest of your life. They didn’t just contribute to the development of your self-image; they became part of your self-image—an integral part of your sense of self.
Music plays two roles in this process. First, some songs become memories in and of themselves, so forcefully do their worm their way into memory. Many of us can vividly remember the first time we heard that one Beatles (or Backstreet Boys) song that, decades later, we still sing at every karaoke night. Second, these songs form the soundtrack to what feel, at the time, like the most vital and momentous years of our lives. The music that plays during our first kiss, our first prom, our first toke, gets attached to that memory and takes on a glimmer of its profundity. We may recognize in retrospect that prom wasn’t really all that profound. But even as the importance of the memory itself fades, the emotional afterglow tagged to the music lingers.
As fun as these theories may be, their logical conclusion—you’ll never love another song the way you loved the music of your youth—is a little depressing. It’s not all bad news, of course: Our adult tastes aren’t really weaker; they’re just more mature, allowing us to appreciate complex aesthetic beauty on an intellectual level. No matter how adult we may become, however, music remains an escape hatch from our adult brains back into the raw, unalloyed passion of our youths. The nostalgia that accompanies our favorite songs isn’t just a fleeting recollection of earlier times; it’s a neurological wormhole that gives us a glimpse into the years when our brains leapt with joy at the music that’s come to define us. Those years may have passed. But each time we hear the songs we loved, the joy they once brought surges anew.

dilluns, d’agost 04, 2014

Un nuevo y maravilloso blog

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